La silla junto a la ventana
La silla junto a la ventana
Cuando Don Ernesto partió, la casa quedó en un silencio extraño. No era solo la ausencia de su voz, era la ausencia de su risa, de sus pasos arrastrando las pantuflas, del sonido del periódico cada mañana.
Clara no movió nada. La silla junto a la ventana seguía exactamente igual, con la pequeña manta doblada sobre el respaldo. Ahí se sentaba él cada tarde a mirar el jardín que había cuidado por años.
Los primeros días, Clara evitaba pasar por ahí. Sentía que el aire se volvía pesado, como si el recuerdo la empujara contra el suelo. Pero una mañana, mientras preparaba café, el aroma la llevó sin pensarlo hasta la silla.
Se quedó de pie, mirándola.
—¿Qué hago ahora sin ti? —susurró.
Las lágrimas cayeron sin pedir permiso. No era solo tristeza, era miedo. Miedo a aprender a vivir de nuevo.
Con el paso de las semanas, Clara comenzó a sentarse ahí. Al principio, solo unos minutos. Luego, más tiempo. Descubrió que desde esa ventana se veían detalles que antes no notaba: un colibrí que visitaba las flores, la forma en que la luz entraba al atardecer, los rosales que Ernesto había sembrado años atrás.
Un día se dio cuenta de que los rosales estaban más vivos que nunca. Grandes, llenos de color.
Sintió algo distinto en el pecho. No era alegría, pero tampoco era ese dolor punzante. Era una especie de calma suave.
Entendió entonces que el amor no desaparece cuando alguien se va. Se transforma. Se queda en los hábitos, en las plantas que crecen, en la manera en que uno aprende a seguir respirando.
Desde ese día, la silla dejó de ser símbolo de ausencia. Se convirtió en un lugar de encuentro. Clara ya no hablaba con lágrimas, sino con gratitud.
El duelo no se fue, pero aprendió a convivir con él. Y cada flor que abría en el jardín era una manera de decir: “El amor sigue aquí”.
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