La caja de los recuerdos
La caja de los recuerdos
Sofía perdió a su hermano mayor de manera inesperada. No hubo despedida, no hubo preparación. Solo un silencio que rompió su vida en dos.
Guardó todo lo suyo en una caja azul: fotografías, entradas de conciertos, notas escritas a mano, una camiseta que aún conservaba su perfume.
Durante meses, la caja permaneció cerrada. Era demasiado doloroso abrirla. Sentía que si lo hacía, la tristeza la desbordaría.
Se volvió distante. Evitaba hablar de él. Sonreía en público, pero lloraba sola.
Un día, su abuela la encontró sentada frente a la caja.
—El dolor no se hace más pequeño ignorándolo —le dijo suavemente—. Se hace más llevadero cuando lo compartes.
Con manos temblorosas, Sofía abrió la tapa.
El primer objeto fue una fotografía de ambos riendo. Y entonces lloró. Lloró como no lo había hecho desde el funeral.
Pero algo pasó después del llanto. Recordó bromas, anécdotas, historias absurdas que solo ellos entendían. Entre lágrimas también apareció una sonrisa.
Decidió escribirle cartas. Le contaba cómo iba su vida, lo que extrañaba, lo que había logrado.
La caja dejó de ser un cofre de dolor y se convirtió en un puente.
Sofía entendió que recordar no es abrir una herida, es reconocer que hubo amor. Y el amor, incluso cuando duele, siempre es un regalo.
Comentarios
Publicar un comentario