El farol en la tormenta
El farol en la tormenta
Mateo siempre fue cercano a su madre. Ella era su refugio, su consejo, su calma. Cuando enfermó, él intentó ser fuerte, convencido de que todo pasaría.
Pero no pasó.
El día que la despidió, sintió que el mundo perdió color. Las calles parecían más grises. La comida sabía diferente. Incluso el aire se sentía más pesado.
Las noches eran lo peor. La mente no se callaba. Recordaba conversaciones, promesas, risas. Y después venía el golpe: ya no habría más momentos nuevos.
Una noche soñó con ella. No había enfermedad en su rostro, solo serenidad. Le entregaba un farol antiguo y le decía:
—No puedo caminar por ti, pero puedo alumbrarte.
Despertó con lágrimas y una sensación distinta. No era felicidad, pero sí una pequeña chispa de dirección.
Comenzó a hacer cosas que su madre amaba: ayudar a vecinos, cocinar recetas que ella preparaba, escuchar la música que sonaba en su casa los domingos.
Cada vez que sentía que el dolor lo arrastraba, imaginaba el farol. Una pequeña luz que no eliminaba la oscuridad por completo, pero le permitía dar el siguiente paso.
Comprendió que el duelo no es olvidar. Es aprender a caminar con la ausencia sin dejar que te apague.
Y aunque la tormenta regresaba a veces, ya no lo encontraba sin luz.
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