El árbol que parecía seco
El árbol que parecía seco
Después de que su esposo falleció, Teresa dejó de cuidar el jardín. Sentía que nada tenía sentido sin él. El árbol grande del patio perdió hojas y quedó desnudo.
—Está muerto —decía ella, sentada en la cocina.
Su nieto pequeño no estaba de acuerdo. Todos los días salía con una regadera.
—Está dormido, abuela. No muerto.
Teresa lo miraba con ternura, pero sin creerle.
El invierno fue largo. La casa parecía suspendida en el tiempo. Teresa apenas hablaba. A veces sentía culpa por seguir viva.
Pero la primavera llegó.
Un día, el niño entró corriendo:
—¡Abuela, ven!
En una de las ramas más altas, pequeños brotes verdes asomaban.
Teresa se quedó inmóvil. Tocó el tronco con cuidado. Sintió algo dentro de ella también moverse.
Comprendió que el árbol no estaba muerto. Solo estaba atravesando una estación difícil.
Como ella.
El duelo no desapareció, pero dejó de sentirse como un final. Empezó a parecer una transición. Una parte del ciclo.
Y así como el árbol volvió a florecer, Teresa comenzó a salir más, a conversar, a cocinar de nuevo.
No porque ya no doliera. Sino porque aprendió que vivir también honra a quien se fue.
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